
Cara y seca
Los accidentes y la educación son dos caras de la misma moneda. De un lado los accidentes a los que muchos llaman “fatalidad” o “mala suerte” y del otro la educación como herramienta principal para prevenirlos.
La educación de nuestros niños en la prevención de accidentes debe comenzar en los primeros años de vida ya que el sentimiento de autocuidado y protección no se generan de un modo espontáneo o natural, sino que se requiere de un proceso de enseñanza conciente y planificado por parte de los adultos . El hogar primero y la escuela después, tienen un rol fundamental en la prevención de los accidentes infantiles.
Durante la infancia es importante lograr un equilibrio entre educación y protección. En los primeros años de vida, la protección debe ser total y, a medida que los chicos crecen, la educación se irá intensificando y la vigilancia del adulto disminuyendo progresivamente. El objetivo es que los niños se comprometan en el cuidado de su salud y que reciban la educación adecuada a su edad, que les permita vivir las experiencias sin riesgo y adquirir mayor autonomía y responsabilidad sobre sus actos.
Debemos tener en cuenta que si bien la información es importante, por si sola no es suficiente para prevenir los accidentes, ya que no genera de manera automática, cambios en las prácticas y conductas. Generalmente los chicos reciben una “bajada de línea”, es decir una serie de consejos, recomendaciones y advertencias de lo que no deben hacer, sin embargo, es probable que no recurran a esta información ante hechos concretos de la vida cotidiana. Muchos chicos manifiestan tener la información para prevenir determinados accidentes, sin embargo afirman que no hacen uso de ella porque creen que no les va a pasar nada, porque se sienten atraídos por el peligro o porque en el momento de riesgo estas recomendaciones no les sirven. Esto nos plantea el desafío de buscar nuevas estrategias que permita a los niños comprender y modificar las situaciones y las conductas de riesgo.
Es fundamental entonces, lograr aprendizajes significativos, que tengan en cuenta las características de los niños, del lugar donde viven, juegan o aprenden y las actividades que realizan a diario. Tanto los padres como los docentes deben respetar las etapas del desarrollo de los niños, buscar con ellos los riesgos a los que se ven expuestos con mayor frecuencia y estimular, a través del diálogo y la reflexión, actitudes responsables y seguras.
Si el niño, su entorno, sus necesidades e intereses no son tenidos en cuenta, las enseñanzas brindadas por los adultos serán sólo un discurso vacío.
La educación para prevención de accidentes debe ser una educación positiva, que piense en y con el niño y que fomente la autonomía y solidaridad.
Creemos que vale la pena hacer el intento para que la moneda caiga siempre del lado de la vida.
Lic. Verónica Dimarco
Integrante de la Asociación Prevención del Trauma Pediátrico. |